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Historia

«Defensora del débil y asoladora de la injusticia».


Cuenta la leyenda que muy, muy lejos, allá en el este, había un reino antiguo una vez protegido por el poderoso quilin. Mucho tiempo después, el majestuoso palacio erguido y nombrado en honor a la criatura, comenzó a cubrirse de una abundante vegetación que crecía tan rápido que sobrepasaba las murallas e invadía las estancias.
Ante tal presagio, las familias más nobles se reunieron para discutir el significado y el curso de acción. Cuando la discusión pareció alcanzar el punto álgido, una sombra cubrió de pronto la luna llena tiñendo la noche de oscuridad. En medio de una penumbra casi total, una luz proveniente del bosque cercano empezó a brillar.


Todos en el palacio de Quilin percibieron una fragancia delicada, casi imperceptible, pero enajenadora y a nadie le cupo duda de que venía del mismo lugar que aquella luz.


Una reputada sabia habló en medio del silencio:
—¿No es ese, acaso, el aroma de la orquídea lahn? El perfume más agradable y fino que la naturaleza nos ha regalado. Este olor lleva llegando a mi hogar desde que las plantas comenzaron a crecer más vivas que nunca en las murallas del palacio y, es por ello, por lo que no me cabe duda alguna de que este es un buen presagio.Y ha sido hasta noche en la que nobles e ilustres se han reunido en la que la hermosura de esta fragancia ha eclipsado hasta la luna y enmudecido a sus excelencias. ¿Será esa magnífica flor un regalo más de nuestro protector y aliado quilin?


El rey, tras escuchar las palabras de la sabia, quiso poseer aquella flor quilin y envió a los a sus soldados al bosque para buscarla. Muchas leguas cabalgaron e incansables buscaron hasta dar finalmente con la orquídea más imponente y gloriosa que jamás se hubiera visto. Y, oculta bajo los pétalos y las hojas, un bebé delicado y sano dormía plácidamente, mecido por la brisa nocturna.


Los rumores sobre aquella noche y aquel bebé se extendieron con rapidez. ¿Había el quilin bendecido una vez más al reino haciendo renacer al espíritu de las orquídeas?
El pueblo se regocijó y festejó. Y el rey, famoso por su crueldad, quiso que sus súbditos lo vieran con buenos ojos, así que prometió criar a la pequeña y ayudarla a cumplir su destino.


Pero la promesa no duró mucho. Pronto quedó claro que la niña tenía un potencial asombroso para las artes marciales y muchos maestros se ofrecieron para enseñarla, pero el rey, temiendo que el entrenamiento físico cambiase la naturaleza delicada de la niña de la orquídea, negó a la pequeña la educación que ella tanto deseaba.
Las únicas armas que le permitió blandir, fueron el péndulo y la espada ceremoniales para la danza. Ella aprendió los movimientos rapidez, fluidez y precisión y, aunque siempre pedía que le enseñaran más sobre el manejo de las armas, nunca se le consintió.


Incapaz de perseguir el desarrollo de sus habilidades físicas, se decidió a afilar su mente y estudió tanto como pudo bajo la tutela de los grandes sabios del reino. La lectura y el estudio hicieron de ella una muchacha despierta e inteligente que pronto pudo ver la crueldad con la que su padrastro reinaba.


Cuando cumplió dieciséis años, se convirtió en la guardiana del templo, encargada de las danzas y los rituales que expulsarían a los malos espíritus. Se dedicó por entero a sus nuevas responsabilidades y procuraba hacer uso de su inteligencia y retórica para aconsejar al rey con sabiduría y compasión, decidida a hacer del reino un lugar más próspero y feliz.


Y, aunque el pueblo la amaba por su dedicación, inteligencia y bondad, no todos la admiraban:
Un noble cortesano que no aceptaba estar bajo la sombra de la guardiana del templo y creía merecer un lugar de más honor, despotricaba en su mente contra la niña de la flor.
El cortesano, traicionero y con lengua de serpiente, tramó y movió hilos para acercarse más y más al rey.


Un día, con una máscara de preocupación y respeto, habló con lisonjas y halagos hasta que el rey estuvo complacido. Cuando ya tenía su favor, el consejero le susurró:
—Oh, majestad y rey sabio, sabéis que siempre he sido un siervo leal, un meditabundo y humilde consejero de este reino. Oh, majestad, sabéis que yo jamás os hablaría sin pensar y mucho he meditado sobre el asunto:

»Me llena de desazón decirlo, pero, ¿no es acaso absurdo, casi una traición, que una niña nacida de una flor y que nada sabe del mundo se atreva a aconsejar y a contradecir a su rey? ¿Al hombre que le dio un hogar aún cuando no tendría por qué haberlo hecho? ¿Cómo puede, una mujer encargada de ayudar en el templo de lo sagrado, pretender decidir el destino del reino de los mortales? ¿No habrán esos libros y maestros envenenado su mente creyendo ser más sabios que su rey?
El rey, zafio de mente y orgulloso de corazón, había estado celoso del amor y respeto que la muchacha despertaba en nobles y plebeyos por igual, quiso creer las mentiras del cortesano. Se convenció de que ella conspiraba para hacerse con el trono y arrebatarle todo cuanto era suyo.


Prohibió a la guardiana del templo estudiar más o salir de los confines del palacio. Solo le permitía hacer apariciones públicas para llevar a cabo las danzas rituales del templo y que así nadie sospechara de su arresto domiciliario.


Pero alguien sí sospechaba que algo no iba bien.
Un día en la que la muchacha meditaba sobre su situación aislada en uno de los jardines a los que estaba confinada,oyó a alguien trepar las murallas aún llenas de las enredaderas y plantas que habían crecido allí cuando ella nació. Llena de curiosidad, se ocultó para poder espiar al intruso y se sorprendió al ver a un muchacho de su edad, con mirada despierta y aire confiado.
Empujada tanto por la curiosidad como por la soledad que ahora la invadía, la guardiana del templo salió de su escondrijo para enfrentar al muchacho. Él se inclinó ante ella y se presentó como Yeung Reung-Hyang, estudiante de las artes marciales y de la sabiduría de los libros. Le dijo que la había observado usar el péndulo y las armas ceremoniales durante sus danzas, pero que había sabido que algo le impedía perseguir su verdadera pasión por el uso de las armas y que, cuando ella empezó a aparecer solo durante actos públicos, supo que algo iba mal.


—Hay en ti un gran potencial, guardiana, que nada ni nadie podrá contener para siempre —explicó—. El poder que no se aprende a liberar y controlar, se pudre y mengua, como una flor sin la luz del sol y he visto en tu mirada, oh, guardiana, que tu alma se marchita confinada a estas paredes y a esas danzas. No puedo hacer nada para liberarte de los muros, pero puedo enseñarte a luchar si así lo deseas, guardiana.


Ella no tuvo que pensárselo mucho para decir que sí. Empuñaría un arma aunque contrariara las órdenes del rey. Él, feliz de poder enseñar a la hija de la orquídea, le regaló una amplia y fuerte cinta para que se atara el pelo durante el entrenamiento.
Durante los años por venir, ambos entrenaron juntos mente y cuerpo a escondidas del resto del reino.
Con su don natural, su inteligencia y su entrenamiento en la danza, la guardiana del templo pronto estuvo a la altura de Yeung y juntos se ayudaron a mejorar, aumentando cada día su fuerza y su amistad.


Llegó el día en el que, a pesar de su confinamiento casi total, la guardiana del templo se convirtió a los ojos de los demás en una mujer sabia y hermosa, el verdadero orgullo del pueblo. Mientras, la voz se corría entre los habitantes del reino de un joven prodigio de las artes marciales y héroe defensor de los humildes llamado Yeung.


La envidia y el miedo no hicieron más que crecer durante aquel tiempo y cada vez escuchaba más todo aquello que el cortesano, ahora su más apreciado consejero, decía. Sin embargo, no se atrevía a tomar acción alguna contra la guardiana del templo, hasta que un día el consejero traidor le dijo:


—A pesar de nuestros esfuerzos, mi rey, esa mujer que se hizo llamar tu hija, ese extraño ser nacido de una orquídea entre extraños presagios, sigue ganando popularidad entre el populacho. Sin duda ha maquinado mentiras sobre vos durante su confinamiento que ha hecho llegar a los demás durante las ceremonias para hacerse con vuestro trono.
»¿Y ese alborotador de Yeung que comanda al pueblo a levantarse contra sus señores? Seguro que conspiran juntos. Deberíamos llamarlo a vuestra presencia y enviarlo a asaltar y capturar el impenetrable castillo de Eshi. Podríamos enviar a la guardiana del templo con él para que parezca que bendecís su misión.
»Alguna desgracia podría acontecerles en medio de la guerra, si así, mi rey, lo quisierais. Es una desafortunada medida, sin duda, pero no podemos consentir que los maquinadores y los traidores hagan cuanto desean para destruiros.


Y así lo hicieron. Mandaron llamar a la guardiana del templo, a Yeung y a sus hombres para encargarles la hasta ahora imposible misión de asaltar el castillo de Eshi.
Al oír las órdenes, una fugaz mirada entre los dos jóvenes bastó para compartir la extrañeza por los pocos recursos que ponían a su disposición para una misión tan complicada, pero ninguno de los dos osó contradecir al rey y partieron en cuanto los preparativos estuvieron listos.
Sin embargo, Yeung no tuvo ninguna duda de que, con la guardiana de su lado, vencerían.


Al fin de cuentas, aunque nadie dudaba de la capacidad de su mente, él era el único que conocía su alcance como guerrera.


Marcharon bajo las órdenes del comandante que no compartía la ubicación del castillo durante seis días y seis noches, hasta que estaban agotados y el castillo de Eshi aún no estaba a la vista.
Llegaron a un campo amplio en el que les habían prometido que podrían recuperarse antes de seguir la marcha. La hierba se mecía con el viento, las nubes anunciaban tormenta y, como si el trueno fuera un cuerno de guerra, los hombres bajo las órdenes del comandante los rodearon con sus lanzas.
Lo entendieron de pronto: la escasez de efectivos y recursos, la falta de información... todo había sido una trampa para matarlos.
Sus corazones se dividieron ¿debían luchar o dejarse matar?. Durante el tiempo entrenando juntos también habían hablado y estudiado filosofía. Ambos creían que solo había que luchar contra quienes hacen el mal a los demás, por el bien mayor, para defender a los desvalidos y por la gloria del reino, pero aquellos soldados que los amenazaban, eran sus compatriotas, solo peones que recibían órdenes.
Los soldados, siguiendo las órdenes del rey, cargaron contra la guardiana y Yeung.
Sin salir de la sorpresa y presa de sus conflictos internos, ambos quedaron paralizados, a merced del acero y la ira del rey. Pero los hombres de Yeung sí estaban dispuestos a luchar. Se abalanzaron a defenderlos a pesar de estar peor armados y tener peores armaduras que los soldados.
Viendo cómo sus compañeros de armas caían ante sus ojos atravesados por las lanzas, Yeung gritó en verdadera agonía y corrió en su ayuda.
Lucharon fieramente, pero los enemigos los rodeaban por todas partes y cayeron uno por uno hasta solo quedar él.


Rodeado de cuerpos sin vida y sangre, ya no tenía nada por lo que luchar. Estaba listo para rendirse cuando un péndulo afilado atravesó las líneas de soldados.


La guardiana del templo se movía velozmente con el péndulo y la espada atados con la cinta que Yeung una vez le diera años atrás. Esta extraña invención le permitía utilizar ambos filos a la vez para cortar a través de sus enemigos, veloz como el viento, elegante como la orquídea.
Ni siquiera Yeung sabía que era capaz de algo así.
A pesar de sentir la muerte cercana, no pudo evitar preguntarse cuánta dedicación habría ido a perfeccionar un arte tan letal. Se debía sentir verdadera pasión, verdaderas ganas de vivir y mejorarse a uno mismo. Yeung se contagió de esa pasión al verla luchar y, aprovechando el caos que se había desatado entre sus enemigos, volvió al ataque con energías renovados.


El mundo se volvió un borrón, las voces y los gritos se amortiguaron, el tiempo no era más que una ilusión. Al final, solo la guardiana seguía en pie, victoriosa en medio de un campo de sangre con un peligroso olor a orquídeas.


Yeung, se apoyaba malherido en su espada, luchando por no caer entre los cadáveres. Ella corrió a ayudarle, sosteniéndolo mientras él le pedía que se acercara para hablarle al oído.
—Huye, márchate... ve al oeste. Si te quedas aquí encontrarán una manera de matarte. —Yeung luchó contra el dolor, pero el tiempo se le acababa—. Lejos, al oeste hay una tierra de guerreros y magos, ajena a todo lo que ocurre en nuestro reino. Márchate, sigue entrenando, hazte la mujer más fuerte del mundo para poder volver un día a la tierra que te vio nacer.


—¡No! —Las lágrimas la cegaban mientras sujetaba la mano de su amigo—. ¡Te curaré, te llevaré conmigo! ¡Entrenaremos juntos como hasta ahora y volveremos para hacer justicia!
—Ese es un sueño hermoso.


Yeung también lloró, pero sonrió entre las lágrimas mientras usaba sus últimas fuerzas para enjugar las de ella.


—No estés triste, hija de la orquídea... Mi espíritu estará siempre contigo. Cada vez que cojas una espada, cada vez que aprendas algo nuevo, estaré a tu lado, creciendo en sabiduría contigo...


La voz de Yeung dejó de sonar, sus ojos ya no estaban despiertos y en aquel campo de sangre solo quedaban ella, su dolor y sus últimas palabras.
Yeung era inteligente, valiente y amable, ¿por qué había tenido que morir así?
Lloró abrazada a su cuerpo, no queriendo dejarlo así.
Recordó su vida, su aislamiento, la prisión de la que Yeung había sido la única huida. No volvería a ella.
No se enterraría entre libros, ahogando su pena entre tinta. Viviría, lucharía contra la tristeza y sería libre para que el espíritu de su amigo fuera libre también. Ya no era una guardiana del templo, no era una delicada flor; era una guerrera.


Con gran pesar, dejó el cuerpo de su amigo y miró al oeste.


«Márchate, sigue entrenando, hazte la mujer más fuerte del mundo para poder volver un día a la tierra que te vio nacer».
Se lo prometió a Yeung y se lo prometió a sí misma. Volvería, con más conocimiento y fuerza que nadie, capaz de distinguir crueldad, justicia y venganza y liberaría su tierra de la traición y el engaño.


Sería la defensora del débil, asoladora de la injusticia.

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Habilidades de combate

Saltas y avanzas por aire volviéndote una con los vientos.
Atacas con una patada y un movimiento repentino del péndulo.
Lanzas por los aires a tus enemigos con un ataque giratorio.
Te lanzas hacia el enemigo como la brisa primaveral, rápida y energética, lista para atacar.
Con el alcance de la cinta que sujeta tu péndulo, atacas en un movimiento circular a tus enemigos.
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